Mucho antes de que los mapas mostraran a Chile, el valle central era el hogar de los picunches, cuyo nombre significa «gente del norte». Fue su lengua, el mapudungun, la que bautizó este territorio como Payne, o «cielo azul», un nombre que evoca la claridad y belleza del paisaje que habitaron.
Este pueblo sedentario se estableció entre los ríos Aconcagua e Itata, desarrollando una vida profundamente conectada con la tierra. Eran agricultores expertos que dominaban el arte del riego, cavando canales para llevar agua a sus cultivos de maíz, papas, porotos y calabazas. Su dieta se complementaba con la carne y lana que obtenían de la crianza de llamas y guanacos.
La sociedad picunche se organizaba en aldeas de unas 300 personas, cada una liderada por su propio cacique. Aunque la autoridad principal recaía en el padre de familia, su espíritu era colaborativo. Una de sus costumbres más notables era el mingaco, un sistema de trabajo comunitario donde invitaban a vecinos de otras aldeas a ayudar en las cosechas, pagándoles con grandes fiestas. Este gesto refleja el carácter pacífico y cooperativo de un pueblo que prefería la celebración al conflicto.
Aunque fueron eventualmente influenciados y dominados por el Imperio Inca y más tarde por los españoles, la herencia de los picunches perdura en el nombre de Paine y en las raíces agrícolas que aún hoy definen a la comuna.
La Frontera del Inca: Paine como Centro Estratégico del Tawantinsuyu
